Emile Zátopek, la locomotora humana.


Autodidacta en sus métodos, el atleta checo es el único que ha ganado en los mismos Juegos en los 5.000, los 10.000 y el maratón.

Empezamos a oír hablar de él en 1948, en los Juegos de Londres: entonces, no conocíamos a nadie que hubiera estado en Checoslovaquia; ni podíamos imaginar que Praga llegaría a convertirse en destino turístico de los españoles… Recuerdo el chiste que se oía: «Un chico checo». No sabíamos ni cómo pronunciar su apellido, dónde estaba el acento: ¿agudo, llano, esdrújulo? No era alto ni guapo ni tenía mucho pelo pero corría que se las pelaba, no paraba de correr… Como una locomotora.

Lo veíamos en el No-Do. En los estadios, la gente gritaba su nombre: «Zátopek, Zátopek». Al correr, movía la cabeza como un péndulo, sacudía los brazos, hacía muecas (para respirar mejor, se supone), gestos de dolor; a veces, sacaba la lengua: «Como si lo estuvieran estrangulando», decían.

Con ese estilo, absolutamente heterodoxo, superó 18 récords del mundo (todos, después de su boda, según su mujer, Dana, también atleta). En la Olimpiada de Londres ganó medalla de oro en diez mil metros, y plata, en cinco mil; en Helsinki, en 1952, hizo una hazaña nunca igualada: ganó el oro en cinco mil, diez mil y el maratón…

Era la primera vez que lo corría. A la mitad, le dijo a un rival: «¿No llevamos un ritmo demasiado lento?». Al final, le sacó dos minutos a Mimoun, su eterno segundo. Recuerdo su frase: «Si quieres correr, corre una milla. Si quieres experimentar una vida diferente, corre maratones».

La más emocionante fue la final de cinco mil (la sigo viendo en Youtube): en la última curva, pasó fácilmente a tres rivales, Mimoun, Chataway y Schade. Llegó sobrado…

Inventó una nueva manera de entrenar: por intervalos, dividiendo la distancia larga en series de sprints, repetidos muchas veces. (Ya Descartes hablaba del método de dividir las dificultades). Iba aumentando la cantidad de series, sin bajar la intensidad. Llegó a hacer cien repeticiones de cuatrocientos metros por sesión. Calculan que, entrenándose, había dado la vuelta a la tierra tres veces. Creía en el esfuerzo, que el cuerpo se robustece con el trabajo intenso…

Nada le había sido fácil. Su vida está llena de anécdotas pintorescas. (Sobre eso ha escrito su novela-verdad, titulada «Correr», Jean Echenoz). En unos organizados por EE.UU. en Berlín tras la guerra, en 1946, era el único atleta que desfiló con la bandera checa; se rieron de su chándal descolorido; se despistó y tuvo que acudir, corriendo, a la salida: ganó fácilmente. Ya no se rieron.

Es el único atleta de la Historia que, en unos Juegos, ganó la medalla de oro en las tres pruebas de fondo. En tres días de junio de 1952, mejoró los récords mundiales de cinco y diez mil metros (fue el primero que bajó de 29 minutos).

Se convirtió en un ídolo internacional, en un símbolo de Checoslovaquia. Daba conferencias. Hablaba otros seis idiomas: alemán, inglés, polaco, ruso, francés y chino. La última vez que corrió fue en España, en el cross de San Sebastián, en 1958: luchando contra el viento y un terreno desigual, le sacó al segundo veinte metros. Tenía ya 36 años. Le regalaron un sombrero y un perro vasco, al que su mujer puso el nombre de Pedro.

De chico, vivió cómo los alemanes invadieron su país; de mayor, cómo lo hacían los rusos: un destino simétrico. Aunque fuera coronel del Ejército, se declaró partidario de Dubcek y el movimiento liberalizador de «la primavera de Praga». Cayó en desgracia: fue enviado a trabajar a una mina, seis años; luego, a recoger basura, en Praga. Quizá la gente reconocía al héroe nacional en aquel basurero… Como tantos, firmó una carta de arrepentimiento: se supone que, de una forma u otra, le obligaron a hacerlo.

Fue un hombre inteligente y sencillo. En los anales del deporte ha quedado su frase: «Enorgullecerse de una marca, creyendo que los demás no la pueden romper, es una vanidad estúpida. Y, si la pueden romper, no hay, en esa marca, nada especial».

Murió el año 2000. Le llamaron «El invencible», «La locomotora humana». Nadie, ni los políticos, le pudieron parar: vivió siempre corriendo. Creía en la voluntad, en el esfuerzo, en la aceptación del sacrificio, para ver hasta dónde puede llegar uno (son creencias que hoy no están muy de moda) . Pocos representan, tanto como él, la soledad y la grandeza del atletismo.

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