Archivo mensual: mayo 2013

Así fue la primera charla de Guardiola en el Barça


ivananero

“Señores, buenos días. Pueden imaginar la gran motivación que es para mí estar aquí, entrenar a este equipo. Es el máximo honor. Por encima de todo, amo este club. Y nunca tomaré una decisión que perjudique o vaya en contra del club. Todo lo que voy a hacer se basa en mi amor por el Barcelona. Necesitamos y queremos orden y la disciplina”.

“El equipo ha pasado por una época en que no todo el mundo era tan profesional como debería haber sido. Es hora de correr y darlo todo. He sido parte de este club desde hace muchos años y soy consciente de los errores que se han hecho en el pasado. Yo te defenderé hasta la muerte, pero también puedo decir que voy a ser muy exigente con todos como lo soy conmigo mismo”.

“Sólo os pido esto. No te voy a echar la bronca si pierdes un pase, o si fallas un despeje que nos cueste un gol siempre y cuando sepa que estás dando el 100%. Yo podría perdonar cualquier error pero no perdonaré al que no entregue su corazón y su alma al Barcelona. No estoy pidiendo resultados, sólo rendimiento. No voy a aceptar a los que especulen sobre el rendimiento”.

“Esto es el Barça, señores, esto es lo que se pide de nosotros, y esto es lo que voy a pedirles. Hay que darlo todo. Un jugador por si mismo no es nadie, necesita a sus compañeros alrededor. A cada uno de los que estamos en esta sala. Muchos de ustedes no me conocen, así que vamos a usar en los próximos días para formar el grupo, una familia. Si alguien tiene algún problema siempre estoy disponible, no sólo en materia deportiva sino profesional y familiar”.

“Estamos aquí para ayudarnos unos a otros y asegurarnos de que haya paz espiritual para que los jugadores no sienten tensiones o divisiones. Somos uno. No hacemos grupitos porque en todos los equipos esto es lo que acaba matando el espíritu de equipo. Los jugadores de esta sala son muy buenos, si no podemos llegar a ganar nada, será culpa nuestra. Estemos juntos cuando los tiempos sean difíciles. No filtremos nada a la prensa. No quiero que nadie haga la guerra por su cuenta”.

“Vamos a estar unidos, tened fe en mí. Como ex jugador, he estado en vuestro lugar y sé por lo que estáis pasando. El estilo viene determinado por la historia de este club y vamos a ser fieles a ella. Cuando tengamos el balón, no lo podemos perder. Cuando eso suceda, hay que correr y recuperarlo. Eso es todo, básicamente”.

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Lo que codiciamos nos destruye, lo que admiramos nos construye.


“Nuestro temor más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro temor más profundo es que somos excesivamente poderosos. Es nuestra luz, y no nuestra oscuridad, la que nos atemoriza. Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, magnífico, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres para no serlo? Infravalorándote no ayudas al mundo. No hay nada de instructivo en encogerse para que otras personas no se sientan inseguras cerca de ti. Esta grandeza de espíritu no se encuentra solo en algunos de nosotros; está en todos. Y al permitir que brille nuestra propia luz, de forma tácita estamos dando a los demás permiso para hacer lo mismo. Al liberarnos de nuestro propio miedo, automáticamente nuestra presencia libera a otros”.

Marianne Williamson

En 1951, el reconocido psicólogo estadounidense Solomon Asch fue a un instituto para realizar una prueba de visión. Al menos eso es lo que les dijo a los 123 jóvenes voluntarios que participaron –sin saberlo– en un experimento sobre la conducta humana en un entorno social. El experimento era muy simple. En una clase de un colegio se juntó a un grupo de siete alumnos, los cuales estaban compinchados con Asch. Mientras, un octavo estudiante entraba en la sala creyendo que el resto de chavales participaban en la misma prueba de visión que él.

Haciéndose pasar por oculista, Asch les mostraba tres líneas verticales de diferentes longitudes, dibujadas junto a una cuarta línea. De izquierda a derecha, la primera y la cuarta medían exactamente lo mismo. Entonces Asch les pedía que dijesen en voz alta cuál de entre las tres líneas verticales era igual a la otra dibujada justo al lado. Y lo organizaba de tal manera que el alumno que hacía de cobaya del experimento siempre respondiera en último lugar, habiendo escuchado la opinión del resto de compañeros.

La respuesta era tan obvia y sencilla que apenas había lugar para el error. Sin embargo, los siete estudiantes compinchados con Asch respondían uno a uno la misma respuesta incorrecta. Para disimular un poco, se ponían de acuerdo para que uno o dos dieran otra contestación, también errónea. Este ejercicio se repitió 18 veces por cada uno de los 123 voluntarios que participaron en el experimento. A todos ellos se les hizo comparar las mismas cuatro líneas verticales, puestas en distinto orden.

Cabe señalar que solo un 25% de los participantes mantuvo su criterio todas las veces que les pre­­guntaron; el resto se dejó influir y arrastrar al menos en una ocasión por la visión de los demás. Tanto es así, que los alumnos cobayas respondieron incorrectamente más de un tercio de las veces para no ir en contra de la mayoría. Una vez finalizado el experimento, los 123 alumnos voluntarios reconocieron que “distinguían perfectamente qué línea era la correcta, pero que no lo habían dicho en voz alta por miedo a equivocarse, al ridículo o a ser el elemento discordante del grupo”.

A día de hoy, este estudio sigue fascinando a las nuevas generaciones de investigadores de la conducta humana. La conclusión es unánime: estamos mucho más condicionados de lo que creemos. Para muchos, la presión de la sociedad sigue siendo un obstáculo insalvable. El propio Asch se sorprendió al ver lo mucho que se equivocaba al afirmar que los seres humanos somos libres para decidir nuestro propio camino en la vida.

Más allá de este famoso experimento, en la jerga del desarrollo personal se dice que padecemos el síndrome de Solomon cuando tomamos decisiones o adoptamos comportamientos para evitar sobresalir, destacar o brillar en un grupo social determinado. Y también cuando nos boicoteamos para no salir del camino trillado por el que transita la mayoría. De forma inconsciente, muchos tememos llamar la atención en exceso –e incluso triunfar– por miedo a que nuestras virtudes y nuestros logros ofendan a los demás. Esta es la razón por la que en general sentimos un pánico atroz a hablar en público. No en vano, por unos instantes nos convertimos en el centro de atención. Y al exponernos abiertamente, quedamos a merced de lo que la gente pueda pensar de nosotros, dejándonos en una posición de vulnerabilidad.

El síndrome de Solomon pone de manifiesto el lado oscuro de nuestra condición humana. Por una parte, revela nuestra falta de autoestima y de confianza en nosotros mismos, creyendo que nuestro valor como personas depende de lo mucho o lo poco que la gente nos valore. Y por otra, constata una verdad incómoda: que seguimos formando parte de una sociedad en la que se tiende a condenar el talento y el éxito ajenos. Aunque nadie hable de ello, en un plano más profundo está mal visto que nos vayan bien las cosas. Y más ahora, en plena crisis económica, con la precaria situación que padecen millones de ciudadanos.

Detrás de este tipo de conductas se esconde un virus tan escurridizo como letal, que no solo nos enferma, sino que paraliza el progreso de la sociedad: la envidia. La Real Academia Española define esta emoción como “deseo de algo que no se posee”, lo que provoca “tristeza o desdicha al observar el bien ajeno”. La envidia surge cuando nos comparamos con otra persona y concluimos que tiene algo que nosotros anhelamos. Es decir, que nos lleva a poner el foco en nuestras carencias, las cuales se acentúan en la medida en que pensamos en ellas. Así es como se crea el complejo de inferioridad; de pronto sentimos que somos menos porque otros tienen más.

Bajo el embrujo de la envidia somos incapaces de alegrarnos de las alegrías ajenas. De forma casi inevitable, estas actúan como un espejo donde solemos ver reflejadas nuestras propias frustraciones. Sin embargo, reconocer nuestro complejo de inferioridad es tan doloroso, que necesitamos canalizar nuestra insatisfacción juzgando a la persona que ha conseguido eso que envidiamos. Solo hace falta un poco de imaginación para encontrar motivos para criticar a alguien.

El primer paso para superar el complejo de Solomon consiste en comprender la futilidad de perturbarnos por lo que opine la gente de nosotros. Si lo pensamos detenidamente, tememos destacar por miedo a lo que ciertas personas –movidas por la desazón que les genera su complejo de inferioridad– puedan decir de nosotros para compensar sus carencias y sentirse mejor consigo mismas.

¿Y qué hay de la envidia? ¿Cómo se trasciende? Muy simple: dejando de demonizar el éxito ajeno para comenzar a admirar y aprender de las cualidades y las fortalezas que han permitido a otros alcanzar sus sueños. Si bien lo que codiciamos nos destruye, lo que admiramos nos construye. Esencialmente porque aquello que admiramos en los demás empezamos a cultivarlo en nuestro interior. Por ello, la envidia es un maestro que nos revela los dones y talentos innatos que todavía tenemos por desarrollar. En vez de luchar contra lo externo, utilicémosla para construirnos por dentro. Y en el momento en que superemos colectivamente el complejo de Solomon, posibilitaremos que cada uno aporte –de forma individual– lo mejor de sí mismo a la sociedad.

ivananero


CRITERIOS DE ÉXITO EN LA EVOLUCIÓN DEL ENTRENADOR


ivananero

6 PRINCIPIOS GENERALES DE ACTUACIÓN

Entrenador de Fútbol: Permanente estado de aprendizaje, sed permanente de adquisición de conocimientos y constante estado alerta respecto al fútbol (The Coaching and Soccer Magazine).

Capacidad de Análisis ( tómese como modelo a Rafa Benítez), Gestión de Grupos, en cuanto a fusión de egos para alcanzar un objetivo común (paradigma en Vicente Del Bosque, son su fantástico desempeño en la selección española de fútbol.

Estas y otras refelexiones de alto valor  para el entrenador o aquel que pretendar serlo.

 Así como han evolucionado la táctica, los principios de entrenamiento o los propios clubes como entes sociales y económicos, también los entrenadores han aprovechado para evolucionar a mas conocimientos teóricos, mayor dominación en las decisiones estratégicas de los equipos, rediseño de la actividad del cuerpo técnico y relación con los futbolistas. ( Desde aquel famoso 3-2-5 a los modernos 4-2-3-1) Ahora los cuerpos técnicos son de varios miembros (en el Real Madrid por ejemplo, Mourinho, Louro, Faria, Karanka, además de otros 3-4 componentes mas para informes de contrarios, ayuda de campo en Valdebebas etc)

Seis son los principios que deben guardar los entrenadores en su constante evolución:

  1. Absoluta comprensión de los principios del fútbol: Resulta obvio, pero mas difícil de aplicar cuando se está en el banquillo y se requiere una reflexión rápida no solo del propio desempeño sino mas aún del contrario. De ahí conocer al detalle los principios defensivos, vigilancias, coberturas, permutas etc, los principios ofensivos, desmarques, distracciones, celadas etc, así como el balance entre ellos. En definitiva conocer los fundamentos teóricos al detalle. Lillo podría ser el paradigma del absoluto conocedor teórico del fútbol
  2. Perfil analítico:Los entrenadores, además de profesionales, también son fans, aficionados al juego como cualquier otro en el sentido lúdico del mismo. Sirva aquí Benítez como ejemplo. Cuando un entrenador visualiza un partido por primera vez, en la observación están mezcladas su faceta profesional así como la de aficionado, el divertimento per se. El míster a de ver reiteradas veces el fútbol, el mismo partido para poder obtener conclusiones de valor
  3. Conocimiento de los principios metodológicos del “coaching”: En el sentido de las bases teóricas del aprendizaje y la enseñanza, cómo los futbolistas aprenden, porque siguen nuestras directrices, cómo diseñar una sesión de entrenamiento, el flujo de actividades, transición de unas a otras, así como la planificación a corto y medio plazo. Podría decirse que Valdano es el “coach” por definición.
  4. Capacidad de visualizar el rendimiento perfecto: El equipo ha de trabajar por la perfección, el entrenador ha de visualizar el entrenamiento perfecto y trasmitirlo a sus jugadores ha de ser capaz de aterrizar esa visualización en el campo de entrenamiento. Simeone trasmite a sus jugadores ese “querer”.
  5. Habilidad de entender el partido: Todos hemos conocido o visto entrenadores de élite, que se quedan semi-paralizados en el trascurrir de los partidos, incapaces de una correcta lectura de lo que está sucediendo en el campo y por tanto de tomar las decisiones adecuadas. No es de extrañar el incremento de componentes del cuadro técnico en los banquillos, es claro: tres mentes (primer y segundo entrenador, mas el mismo de porteros) diseccionan mejor el partido que una sola. Esta habilidad tiene parte de ciencia y parte de arte. Mourinho nos sorprende de tanto en cuanto con decisión “en vuelo” que voltean el devenir de los partidos
  6. Gestión de equipos y habilidades: la capacidad de gestionar gente, personas, futbolistas individuales y hacer que trabajen por un objetivo común, que unan esfuerzos y aparten egos, ganarse el respeto de los jugadores, convencerles del plan colectivo. Se requiere mucha formación y mucha experiencia. Del Bosque es el modelo en cuanto a su sabia gestión de futbolistas de diferentes equipos, apostando por el objetivo común de la selección.

Los buenos entrenadores nunca cejan en su aprendizaje, es constante. Una insaciable sed de conocimientos es natural a ellos, en busca de lo mejor. Vídeos, visitas al extranjero, observación de otros clubes y culturas. Jugar y ver siempre a los mismos equipos domésticos al final aporta escaso valor en el aprendizaje. El fútbol es un acontecimiento, global, mundial. Cada entrenador ha de tener su propia visión de cómo debe ser ejecutado el juego.

ivan anero