“¿Qué haría, Johan?” por Jorge Valdano


Valdano y Cryuff en un encuentro no hace mucho. (Foto: www.gettyimages.com)

Disfrutaba de Madrid paseando en una mañana soleada y, de pronto, del cielo despejado cayó un rayo que apareció por mi teléfono: “Ha muerto Cruyff”.

Fue incredulidad más que impacto, porque hay personajes tan llenos de energía que ni se nos ocurre pensar que la muerte pueda alcanzarlos.

Cuentan que en una ocasión, siendo entrenador, el equipo llegó de viaje a altas horas de la madrugada tras un partido jugado como visitantes y se encontraron con las puertas del estadio cerradas a cal y canto.

Cruyff se bajó del autobús para examinar la situación y un jugador se preguntó en voz alta: “¿También sabe de candados?”. Nadie con tanta convicción como para merecer el apodo de “dios”, que le adjudicaron esos mismos jugadores del Dream Team.

Un día quedamos para hablar de fútbol en un hotel de Santander. Estábamos instalados cómodamente en uno sillones, pero el día era tan bueno que decidimos seguir la conversación en la terraza. Cuando íbamos hacia la puerta aceleré para llegar primero y Johan quedó sorprendido, pero aún no había perdido la carrera.

Fue entonces cuando me dijo: “Se abre hacia fuera” (¡la puerta!).

Ese simple acto lo proclamó autor intelectual de la apertura de puerta y yo quedé como un simple operario de la función. Así que ahí va, a donde sea que vaya, a competir con quien sea que le espere. Porque este dios del fútbol era un competidor excepcional.

También jugaba al fútbol como los dioses. Es inolvidable esa estampa que parecía una postal de fútbol y la fuerza de su carisma, que atraía las miradas incluso cuando no tocaba la pelota. Le decían “Flaco” y lo era, pero mi sensación cuando tenía la pelota es que a ese cuerpo ligero, espigado y ágil, lo habían fabricado para jugar al fútbol.

Corría con la elegancia de un cervatillo y la convicción de un león. Su visión era la de un gran angular que le permitía jugar en cualquier puesto porque su influencia pesaba en toda la cancha.

El era el “jugador total” del “fútbol total” que practicaba el fascinante Ajax y que se prolongaba en la Selección holandesa de los años setenta.

Una especie de John Lennon que revolucionó el fútbol, como los Beatles revolucionaron la música.

Tenía una velocidad endiablada, pero adornaba sus carreras con engaños: cambiaba de ritmo y de dirección con una astucia letal. Parecía imposible pararlo dentro del reglamento. La pelota siempre se adaptó a sus frenos y a sus arranques como si fuera un animal de compañía que hacía lo que su amo le ordenaba.

Y si entramos en el capítulo de la personalidad debo decir que nunca he visto a nadie gobernar los partidos con la autoridad con que lo hacía Johan. Movía los brazos como quien dirige el tráfico, hablaba hasta en mitad de un regate, pedía la pelota como si fuera solo suya. Mandaba él.

Se permitía desafiar la autoridad de su entrenador modificando, en medio de un partido, las posiciones de sus compañeros y la suya propia sin ningún complejo. Pero también mandaba sobre los árbitros, a los que hacía sentir el poder de su talento, hablando con ellos entre jugada y jugada como si fueran sus empleados.

Lo conocí cuando yo apenas cruzaba los veinte años y él ya era un jugador consagrado (en ese tiempo ya había levantado tres Copas de Europa con el Ajax y tres balones de oro). Nos enfrentamos en un partido de Copa del Rey y mantuvimos una discusión sin importancia. Me preguntó de dónde era, luego mi nombre y finalmente mi edad.

Cada pregunta la hacía con mucha seriedad, como si le interesara de veras. Yo le contestaba a todo con la obediencia que merecía una leyenda de su tamaño pero Johan, sin piedad, me disparó a matar: “Con veinte años a Johan Cruyff se le trata de usted”. No fue un buen comienzo, sin embargo eso no modificó mi admiración.

Siempre creí que la de entrenador era una profesión apta para jugadores inteligentes, pero con algún tipo de limitación. Gente que tiene que pensar para sobrevivir en el profesionalismo. Los cracks absolutos vienen aprendidos desde la cuna y resuelven los problemas más complejos con la velocidad punta del instinto. Razón suficiente para subestimar a Johan, el hombre que había nacido para jugar.

Cuando llegó al Barcelona como entrenador tardé en darme cuenta de que estábamos ante un revolucionario. Pensé que se trataba de un excéntrico, pero viéndolo en perspectiva sus primeras decisiones fueron las de un genio que tenía un plan. En un tiempo en que se permitían dos extranjeros por club, los equipos grandes tenían que apuntar muy bien. Ahí estaba la posibilidad de marcar diferencias. Generalmente, se apostaba por grandes delanteros porque el gol suele tener nombre propio.

Johan empezó comprando a un defensa a punto de estar gordo que se llamaba Ronald Koeman y que tenía un toque de balón extraordinario. Porque el gol, según Cruyff, es tan hijo del juego como de los especialistas. Y el juego hay que proponerlo desde atrás. Más tarde llegó Laudrup, un jugador finísimo rechazado por el táctico fútbol italiano de aquellos días. Otra estación intermedia antes de llegar al arco.

Así, eslabón a eslabón, terminó creando un equipo que dividía el campo en cuadrículas. La cuadrícula central se la terminó dando a Pep Guardiola, otro flaco famélico que jugaba con una inteligencia superior y que se alimentó de ese fútbol para terminar poniéndole método al colosal instinto de Johan. Se equivocan aquellos que dicen que Johan creó un gran equipo. Eso es reducir mucho su legado.

Creó una escuela que cambió la historia del Barça y del fútbol español. Basta con decir que desde 1960 hasta 1991 el Barcelona había ganado dos títulos. Desde 1991 hasta hoy, en el Barça solo ganaron campeonatos aquellos entrenadores que, siendo holandeses o españoles, son respetuosos con su estilo. Y no son pocos.

De hecho, son más de la mitad de los títulos disputados desde entonces. 4 Johan, 2 Van Gaal, 2 Rijkaard, 3 Guardiola, 1 Tito Vilanova y 1 Luis Enrique. En el mismo periodo, el Barça ganó sus primeras cinco Copas de Europa. Esto viene a significar que el romántico fútbol de Johan Cruyff, lo primero que le enseñó al Barça fue a ganar. Y también a España, cuya revolución formativa hubiera sido imposible sin su influencia.

No era fácil entender a Johan. Por un lado porque, como el mismo decía, hablaba mal en cinco idiomas. En segundo lugar porque, como todos los genialoides, se saltaba eslabones cuando pretendía explicar algo. Y, principalmente, porque amaba las simplificaciones.

Un día jugaban contra el Atlético de Madrid de Manolo, un jugador temible por su capacidad de desmarque. Cuando los jugadores vieron en la pizarra que Manolo no tenía asignada ninguna vigilancia especial se lo hicieron notar. Cruyff pregunto: “¿Cuál es la mayor cualidad de Manolo?”. Todos coincidieron que el desmarque. Cruyff remató con su contundencia de siempre: “Entonces lo mejor es no marcarlo”.

Y se quedaba tan ancho como sorprendido porque alguien preguntara por una cuestión que se contestaba sola desde la lógica más elemental. Lo cierto es que sus equipos terminaron hablando por él.

Nadie en la historia del fútbol ha conjugado con tanto éxito su carrera de jugador con la de entrenador. Nadie con tanta fuerza para convertir el buen fútbol en una cultura. Hace exactamente una semana vi el apasionante Bayern – Juventus. Un partido que al Bayern se le fue de las manos. Perdía dos a cero y Guardiola tuvo que tomar decisiones muy arriesgadas para igualar en tiempo reglamentario y ganar en la prórroga. Al día siguiente comí con Pep y me dijo algo extraordinario: “Cuando peor estaba la cosa me pregunté: ¿qué haría Johan en esta situación?”. No se me ocurre un homenaje mejor para terminar este artículo.

 

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One response to ““¿Qué haría, Johan?” por Jorge Valdano

  • Tomás

    UNA OPINION MUY CERTERA DE JORGE VALDANO, QUE AUNQUE DEL MADRID, ES MUY REALISTA EN SUS OPINIONES.

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