Los ciclistas comen vatios


El potenciómetro marca los entrenamientos y hasta sirve para diseñar un menú diario a cada ciclista del equipo Movistar

En su proyecto de fin de carrera, el ingeniero alemán Ullrich Schoberer quiso comprender el lenguaje del cuerpo humano. Era 1986 y el deporte se abría a la modernidad. Schoberer creó el SRM, un medidor de la potencia que  un ciclista aplica en cada pedalada. Fue como poner la oreja en la pierna del deportista y escuchar lo que le decía. Un traductor. Desde entonces, el SRM y otros potenciómetros se han convertido en el idioma en que se comunican los deportistas con sus propios cuerpos. El equipo Movistar usa el SRM para oír lo que le cuenta el interior de sus ciclistas.
La técnica le ha dado un nuevo sentido al entrenamiento. El SRM se instala en el eje pedalier de la bicicleta (bielas). Y transmite los datos que recoge a una pequeña pantalla anudada al manillar: frecuencia cardíaca, cadencia de pedaleo, velocidad,  kilometraje… y, claro, los vatios de potencia. La clave. El algodón que no engaña. Las matemáticas. Un caballo de potencia son 746 vatios. Un sprinter alcanza los dos caballos bajo la pancarta de meta. La cilindrada de un coche, de un ‘dos caballos’. En el velódromo, los especialistas en la prueba del kilómetro llegan a los 2.000 vatios. Son culturistas sobre ruedas.
En el ciclismo del nuevo siglo todo se mide. El potenciómetro manda en la vida de un ciclista profesional. Es su médico, su dietista y su preparador físico. Le dicta desde lo que tiene que desayunar hasta cuánto debe pedalear. Incluso le advierte sobre enfermedades ocultas. La pantalla que todo lo ve. En el equipo Movistar, cada ciclista lleva un SRM. Y los datos acaban en los ordenadores del médico, del dietista y del preparador de la escuadra dirigida por Unzúe. Ahí empieza el proceso de traducción de datos: los vatios cantan.
Al médico le sirven para saber si algo va mal en el motor de sus corredores. Cruza los vatios con la frecuencia cardíaca. Mide el esfuerzo que ha necesitado para realizar un determinado trabajo. Si, por ejemplo, el ciclista está en un tramo llano, de potencia media, pero su corazón bombea a un ritmo alto, hay algo que no está ajustado. Puede sufrir fatiga o estar incubando una enfermedad. El potenciómetro da la alarma.
Cena y desayuno
La medición de los vatios también le sirve al nutricionista del Movistar para confeccionar un menú diario a la medida de cada corredor. El SRM le habla del gasto energético de cada etapa. Si ha ido en fuga, si ha subido puertos. De los vatios a las calorías quemadas durante el esfuerzo. Visto lo que ha consumido un ciclista ese día, le diseña la cena de esa noche y el desayuno de la mañana siguiente. Cada corredor tiene una tabla personalizada. Las dietas medias van de las 3.500 calorías de una jornada de entrenamiento normal a las 6.000 de una gran etapa del Tour.
El nutricionista puede detectar también algunas alteraciones. En ocasiones, un ciclista que acumula fatiga come menos. La desgana. Y si no ingiere lo suficiente, aumenta el cansancio. No se recupera. Es un círculo sin salida. Los especialistas en alimentación calibran cada cucharada. En una etapa llana, el organismo tira de las grasas y los hidratos de carbono como fuente principal de energía. En una jornada alpina, recurre más a los hidratos (azúcares). De ahí la importancia de una alimentación exacta. Que no sobre ni falte un gramo de proteínas, azúcares o grasas.
Y que esos tres elementos estén bien distribuidos. No es lo mismo una grasa que otra. Un ejemplo: un cerdo de granja, que apenas sale de la cochinera, da un jamón con casi toda la grasa rodeando la zona magra. Rojo por dentro y blanco por fuera. En cambio, un cerdo ‘pata negra’, que pasa el día al trote por la dehesa hozando en busca de bellotas, da un jamón con la grasa mejor distribuida para el esfuerzo físico: con finas vetas blancas dentro de la parte magra. Esa grasa es más fácil de usar, de quemar. El ‘pata negra’, claro, corre más. Está mejor entrenado.
El tercer especialista que tira de los datos del SRM es el preparador físico, el que diseña los entrenamientos. Jon Iriberri cumple esa función en el Movistar. «Hago una valoración cualitativa de los datos del potenciómetro. Mido el grado de esfuerzo. Si ha sido máximo o relativo. Si la potencia desarrollada es la adecuada para ese momento de la temporada. Es decir, si el coche corre lo que, según el ingeniero, debe correr. O si está por encima o por debajo de lo esperado».
Es un chequeo diario al motor humano. Una especie de auditoría física y continua. Los datos de cada entrenamiento y cada carrera de cada ciclista son volcados en un ordenador. Lo que dice el SRM va a misa y hasta a la mesa. La vigilancia es tal que, si el corredor da su visto bueno, sus valores durante una carrera pueden seguirse en directo en la página web de la empresa SRM. Pero, claro, sus rivales también verían así su estado físico real, su fortaleza o su debilidad. Y eso es secreto. El SRM es una cuestión personal, el diario íntimo donde cada ciclista escribe lo que se entrena, lo que compite, lo que descansa y hasta lo que come.
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